¿Cuántas veces me quedé callada para no herir los sentimientos de alguien? aun sabiendo que yo me sentía traicionada y no quería estar allí, ¿Cuántas veces no hablé por no incomodar a nadie? y yo me sentía devastada sintiendo la injusticia, el abuso, la humillación.
Me expreso con mi forma de pensar, de vestir, con la música que escucho, con las películas que veo, con lo que me siento identificada, cuando platico con otras mujeres que han vivido la maternidad como yo, a veces mejor a veces peor, cuando comparto con otra compañera y siente las mismas limitaciones en el trabajo, la falta de validez a nuestras opiniones, y cuando escribo me libero de la asfixia que siento cuando ser madre termina siendo un trabajo exhaustivo, mal agradecido y eso que se llama amor en realidad es un trabajo no pago, una interminable lista de deberes, de platos que lavar, de comida que cocinar que no gusta y no es ni mínimamente agradecida, cuidados y desvelos, ser paciente y tolerante con las hormonas adolescentes para no herir y salir corriendo a la calle para no volver jamás.
Cuando ser profesionista exige ser más que los compañeros hombres, ser silenciosa, aceptar piropos, miradas y abrazos por demás incómodos, y si me quejo menos tienes opción de brillar, de ser escuchada o a si quiera a que una propuesta tuya sea llevada a cabo , recordar mujeres del mundo ser bellas, delgadas y jóvenes, ser atentas, serviciales, ¿Hasta cuando? ¿Cuándo podré decir ya basta? lava tú , cocina tú, o no, no es verdad esa idea era mía, o yo merezco ese reconocimiento que se me niega, merezco ese sueldo, deseo soltar ese prejuicio de ser la mujer perfecta, delgada, eternamente feliz, porque mi descontento molesta, porque decir que ya no quiero seguir con este ritmo de vida, que quiero mis tiempos, mis actividades, mi descanso, mi música, que toda persona con quién me relacione respete mi forma de pensar, de vivir, de comer, de amar, es decir si no pido opinión no me den sugerencias de cómo debería vivir.
Libertad de expresión sería para mí poder vivir con la tranquilidad de tener una voz que sea escuchada y respetada, tener el derecho a decidir sobre mi vida, sobre mi cuerpo, sobre mi tiempo, mi familia, gozando de relaciones cooperativas y no jerarquizadas de sumisión o de abnegación sino de respeto y buen trato.












